Ed Sheeran regresa con Play, un álbum pop que deja poca huella. Hay algunos detalles nuevos, sobre todo en canciones con alguna inspiración musical asiática, aunque la sensación global es de volver a la misma fórmula de siempre, envuelta en otro papel de regalo.
La misma receta con otro envoltorio
Ed Sheeran vuelve a jugar sobre terreno conocido, con estructuras seguras que funcionan porque están diseñadas para hacerlo. No es un disco malo, es correcto y accesible, y ahí está el problema, que rara vez sorprende o te pide volver a darle al “play”.
Donde el álbum asoma algo distinto es en Sapphire, Azizam o Symmetry. Ahí aparecen ritmos e instrumentación con aroma al sur de Asia que dan otro color y se permiten a las canciones destacar por sí solas, y esas ideas demuestran que, cuando Ed se permite salir del carril, el resultado gana algo más personalidad. El inconveniente es que esas chispas no marcan el tono del álbum en su conjunto, sino que son islas dentro de un mar de decisiones ya conocidas.
Si quieres experimentar, tírate de cabeza
Da la sensación de que Play coquetea con la experimentación asiática sin atreverse a abrazarla. Si el objetivo era abrir una nueva etapa, aquí falta tirarse de cabeza. Las “pinceladas” están bien, pero terminan sabiendo a poco cuando la mayoría del disco vuelve al molde habitual.
Cuando Ed se sale del carril el álbum respira y asoma algo de personalidad, pero es una lástima que esas ideas no vertebren el conjunto. Si buscas un confort pop y el Ed de siempre, aquí lo tienes con un par de colores nuevos, pero si esperabas un salto creativo, toca seguir esperando (y parece que habrá que esperar mucho tiempo más).
Pero hay que admitirlo y es que, aunque siga repitiendo esa misma fórmula, a Ed Sheeran le sigue funcionando. Su Mathematics Tour lo demuestra: estadios agotados y miles de personas deseando ver al británico con su guitarra. Es respetable. Su público quiere al Ed de siempre y un giro radical podría ser mala jugada.





