Melanie Martinez abre una nueva etapa con HADES, su cuarto álbum de estudio. Después de los tres discos ligados al universo de Cry Baby, este trabajo se presenta como un giro claro de 18 canciones y más de una hora de duración en las que la artista deja atrás esa etapa para construir un retrato mucho más directo, oscuro y social del presente.
Un concepto ambicioso que convierte el presente en infierno
Melanie usa el título del álbum como referencia al dios del inframundo y como símbolo de una fuerza destructiva que atraviesa la sociedad actual. La propia artista explica que cada canción explora una trampa creada por esa energía “patriarcal” y dañina: el control disfrazado de protección, la crueldad presentada como lógica o la explotación vendida como oportunidad. Más que imaginar una distopía futura, HADES plantea que ese infierno ya existe en muchas dinámicas del mundo real.
Esa idea se entiende mejor cuando se aterriza en canciones concretas. En CHATROOM, Melanie apunta a la toxicidad de internet; en THE VATICAN, carga contra la hipocresía de quienes se esconden detrás de la religión; en WHITE BOY WITH A GUN, dispara contra la indiferencia y ciertos privilegios masculinos; y en GUTTER incluso deja una de las pocas salidas posibles del disco al pedir que se construya comunidad frente a la deshumanización. Es el retrato de una sociedad que se desmorona, y ese enfoque es precisamente lo que hace que HADES tenga una intención más seria y más ambiciosa que otros trabajos de Melanie.
Un sonido muy reconocible, pero también demasiado uniforme
En lo sonoro, HADES sigue muy dentro de la estética que ya se asocia con Melanie Martinez: pop oscuro, teatral, inquietante y con una producción cargada, pensada para construir una atmósfera. Todo eso se nota en la escucha. El disco tiene personalidad, identidad y una atmósfera muy marcada de principio a fin.
El problema es que esa misma identidad tan cerrada termina jugando en su contra. HADES suena muy coherente, pero quizás demasiado uniforme. Muchas canciones se mueven dentro de una paleta muy parecida y eso hace que, a nivel de escucha, el álbum se vuelva más largo de lo que debería. La intención está clara y los temas que pone sobre la mesa tienen peso, pero la falta de contrastes o variedad no juega a su favor. En lugar de crecer con el paso de los minutos, el disco entra por momentos en una zona monótona de la que le cuesta salir.
Ahí está la principal contradicción del proyecto. HADES tiene una idea fuerte, un marco conceptual sólido y varias canciones que dejan claro lo que Melanie quiere denunciar. Pero también es un álbum más interesante por lo que quiere ser que por lo que termina siendo. Su ambición temática resulta más potente que su ejecución musical, y la sensación final es la de un disco con discurso, pero con menos variedad de la necesaria para que cada tema tenga una personalidad realmente propia. No es un mal proyecto, ni mucho menos, pero sí uno que se hace algo largo y que deja la impresión de que podía haber llegado más lejos con una selección más ajustada o con un desarrollo sonoro más diverso.
Con todo eso, HADES deja una nueva etapa con una base conceptual potente, varias ideas interesantes y un mensaje más serio que de costumbre, pero también un álbum que no termina de transformar toda esa ambición en una escucha igual de memorable.





