El renacimiento de Kesha empieza con un punto: “.”

Después de más de una década marcada por altibajos, éxitos virales y una batalla legal que acaparó titulares en todo el mundo, Kesha ha regresado con su primer álbum completamente libre: “.” (sí, el título es literalmente un punto). Este trabajo marca su independencia discográfica y también un nuevo comienzo artístico, en el que recupera el control total sobre su música y su narrativa.

Una nueva etapa sin ataduras

“.” es el primer álbum que Kesha lanza de forma completamente independiente y bajo su propio sello discográfico, Kesha Records, y esa libertad se siente desde el primer segundo. El disco abre con FREEDOM., una introducción simbólica que, aunque no es de las más pegadizas, sirve como declaración de intenciones: es el comienzo de una etapa sin control externo.

Aunque mantiene la base pop electrónica que ha definido gran parte de su carrera, también se permite explorar nuevos matices, como ocurre en YIPPEE-KI-YAY., mezclando humor, ironía y un aire country-pop despreocupado.

Sin reinventarse, pero volviendo a conectar

Musicalmente, el disco no representa un cambio radical. Kesha se mueve en terrenos que conoce bien: bases electrónicas, pop con actitud, letras que mezclan ironía, desahogo y diversión. No hay riesgo extremo, pero sí hay soltura. Y cuando se permite jugar, brilla. Canciones como BOY CRAZY. y RED FLAG. funcionan como pequeños himnos dentro de un conjunto más contenido, aportando dinamismo a un tracklist que, por momentos, parece caminar sobre terreno conocido.

Un punto y aparte necesario

. es un álbum que pone el foco en su autora. En un momento en el que muchas artistas optan por explorar lo experimental o conceptual, Kesha ha preferido centrarse en sí misma y en su voz. El resultado es un trabajo que, aunque no sorprende en lo sonoro, convence por su intención y su contexto.

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