El paso del LUX Tour por el Movistar Arena la semana más religiosa del año no es nada casual. Rosalía llegó a la capital en plena Semana Santa, reforzando el simbolismo espiritual que tiene su último disco, LUX, uno de los grandes trabajos de 2025. Desde el inicio, el concierto se sintió como algo más que un directo, una experiencia artística con intención y narrativa.
Tras un arranque de gira marcado por críticas en redes e incluso una cancelación en Milán por problemas de salud, había una cierta duda en el ambiente sobre lo que nos esperaba. Pero lo vivido en Madrid despeja cualquier debate. Quienes tacharon el LUX Tour de “cutre” sin haberlo vivido, claramente estaban muy equivocados.
Riesgo, técnica y emoción sobre el escenario
Lejos del minimalismo de MOTOMAMI, Rosalía apuesta ahora por una propuesta ambiciosa y más arriesgada. Una orquesta situada en medio de la pista, una escenografía cuidada al detalle y coreografías del ballet más clásico, construyendo un show donde la teatralidad es constante. La artista juega con distintas disciplinas artísticas, convirtiéndose en figura pictórica, más grande incluso que la propia Mona Lisa enmarcada mientras los fans la observan sobre el escenario, o en una escultura viva gracias a los efectos visuales de las manos mientras interpreta La Perla.
El concierto arrancó con Sexo, Violencia y Llantas, saliendo de una caja con tutú y zapatillas de ballet, marcando desde el primer segundo el carácter arriesgado del espectáculo. La exigencia técnica quedó clara en Porcelana, donde se mantuvo prácticamente toda la canción sobre puntas. Ella ya no apuesta por aprenderse coreografías más o menos difíciles, es entrar en el terreno de la danza clásica profesional, algo que añade valor y eleva aún más su propuesta artística, y que ojalá sirva para inspirar a miles de niños y niñas que la siguen y la ven.
Pero más allá del impacto visual, lo que sostuvo el concierto fue la emoción. Su voz brilló especialmente en Mio Cristo Piange Diamante, dejando claro que, pese a los rumores y los debates en redes, no hay ni un poco de playback. El clímax de La Yugular y la crudeza del final del show Magnolias terminaron de construir una narrativa completamente sensible y sentida, con la que era imposible no emocionarse.

Un show para bailar, gritar y participar
También hubo espacio para lo más físico y bailable. En un mismo acto convivieron la teatral y electrónica Berghain con algunos temazos dedicados a los fans de MOTOMAMI como LA COMBI VERSACE, SAOKO o una increíble y sorprendente versión de CUUUUuuuuuute bajo un botafumeiro electrónico.
Uno de los grandes aciertos del concierto fue su conexión con el público. Desde una art-cam en la que los fans recreaban cuadros en pantalla grande, hasta momentos en los que Rosalía paseaba entre ellos o les dejaba cantar en Dios es un stalker.
El gran momento fan de la noche llegó con la dedicatoria de Sauvignon Blanc a Eugenia, probablemente la persona con más voz de todo el recinto, ya que se la escuchaba estuvieras donde estuvieras, y con la que la propia Rosalía no pudo evitar interactuar. Justo después de que la artista comentara que no tiene vicios, aunque de vez en cuando un vino blanco no viene mal, Eugenia le lanzó desde el público un mensaje tan alto y claro como divertido: “No tienes vicios porque el vicio eres tú”. Difícil superar eso.
Hubo también espacio para lo inesperado. La confesión de Esty Quesada, más conocida como Soy una pringada, antes de interpretar La Perla desató risas y complicidad, dejando uno de esos momentos únicos que solo ocurren en directo.
En conjunto, el concierto supo equilibrar lo íntimo y lo espectacular, lo delicado y lo enérgico. Una nueva demostración de que Rosalía está en otro nivel y de que su ambición artística no deja de crecer. Ver algo así en directo no solo impresiona, también reafirma el orgullo de tener a una artista así en nuestro país.





