Hay conciertos que ves. Y luego están los de Tame Impala, que directamente se viven como si te metieran dentro de una experiencia sensorial sin pedirte permiso.
Kevin Parker, vocalista de Tame Impala, llegó a Madrid el 7 de abril para presentar su último trabajo Deadbeat y convertir la hora y media de show en todo un viaje. Uno que empezó en la psicodelia más clásica y terminó rozando la electrónica de festival, sin que en ningún momento sintiera que algo no encajaba.
Desde el arranque con Apocalypse Dreams, Kevin Parker dejó claro que su directo sigue teniendo algo especial: suena enorme, pero se siente cercano. Su falsete no necesita artificios, y temas como The Moment o Borderline caen con una naturalidad que parece fácil, aunque no lo sea.
Pero aquí viene lo importante: el protagonista no era él. O no solo él.
Luces, láseres y un aro gigante: el verdadero show
Si cerrabas los ojos, el concierto funcionaba. Pero si los abrías, entendías por qué Tame Impala juega en otra liga. Un aro de luz suspendido sobre el escenario, girando y mutando constantemente, convertía cada canción en algo distinto. No era iluminación: era narrativa visual. Había momentos como Nangs o Eventually en los que el Movistar Arena entero parecía flotar dentro de una especie de nube de color.
Aquí no hay medias tintas: este es de los mejores shows visuales que puedes ver ahora mismo en directo. Y sí, por momentos parecía más cerca de un festival tipo Tomorrowland que de un concierto de rock psicodélico.
Cuando el viaje se rompe (un poco)
No todo fue perfecto. El tramo centrado en su último disco bajó bastante la intensidad. La idea de llevarse el show a un segundo escenario, más íntimo, casi como si estuviéramos viendo a Parker en su habitación, tenía sentido sobre el papel, pero en directo cortó el ritmo.
Verle juguetear con sintetizadores, tumbarse en el suelo o montar una especie de “boiler room casera” puede resultar curioso, pero también desconecta. Y en un concierto tan basado en la inmersión, eso se nota. Fue el único momento en el que el viaje perdió altura, aunque no dejó de sorprender, al verle en ese ambiente más íntimo.
De la introspección al éxtasis colectivo
Pero Tame Impala sabe perfectamente cómo reconstruir la energía. Let It Happen lo cambió todo. Ahí el concierto se convirtió en algo más grande, más eufórico y más compartido, con miles de fans saltando en la pista. Parker, hasta entonces algo contenido, se soltó. Bromas, cerveza, complicidad con el público, y de repente, todo encajaba aún más.
El tramo final fue directamente un golpe de hits y emociones: Eventually, The Less I Know The Better y New Person Same Old Mistakes son canciones que ya no son solo suyas, son del público. Y ahí está la clave. Porque más allá de la psicodelia, de la electrónica o del espectáculo visual, lo que consigue Tame Impala es generar algo colectivo. Una sensación de estar todos dentro de lo mismo, aunque cada uno lo viva a su manera.

Un concierto para escapar (y quedarse un rato más)
En tiempos raros, porque lo son, lo de anoche fue casi terapéutico. No hubo discursos, ni mensajes explícitos. Pero tampoco hacían falta. Durante hora y media, el Movistar Arena fue un espacio donde todo sonaba mejor, donde todo brillaba más y donde, por un rato, daba igual lo de fuera.
Y cuando terminó End of Summer, la sensación no fue de cierre. Fue de querer quedarse a vivir ahí dentro un poco más.





