Después de casi una década en la música, Olly Alexander lanza su primer álbum en solitario, aunque el intento de desvincularse de Years & Years parece más simbólico que real. Su sonido, su imagen e incluso su nombre artístico (todavía acompañado entre paréntesis del de su antigua banda) hacen que la transición se sienta a medio camino. Si su intención era marcar una nueva etapa, no lo pone fácil.
Tras su paso por Eurovisión, Olly apuesta por un sonido que bebe de la música disco británica de los 80, con mucha fiesta, color y despreocupación. Sin embargo, a lo largo de 13 canciones, todas producidas por Danny L Harle, esa energía inicial se diluye en bases rítmicas demasiado parecidas entre sí, lo que hace que el conjunto termine resultando monótono.
Polari tiene momentos en los que cobra algo más de vida. Temas como Dizzy o When We Kiss logran destacar con estribillos pegadizos y ritmos bailables que recuerdan por qué Olly Alexander sabe moverse en este tipo de sonido. Son los puntos en los que el disco brilla un poco más, aunque no terminan de salvar un conjunto que, en general, se siente plano y sin demasiada sorpresa.
El artista británico siempre ha sabido manejar con naturalidad y orgullo temáticas queer en su música, pero aquí falta la frescura y el ingenio que hicieron destacar algunos de sus trabajos anteriores. En su lugar, nos encontramos con canciones de amor sencillas y, aunque algunas funcionan en momentos concretos, pocas logran dejar huella.
No es un mal disco, pero tampoco es un gran salto creativo. Olly Alexander tiene el carisma y la presencia para sostener un proyecto en solitario, pero si realmente quiere que esta etapa se sienta como un nuevo capítulo, quizás necesite arriesgar más.





