El 9 de mayo solo hubo una única diva en la ciudad, y esa fue Tate McRae. La canadiense llenó el Palacio Vistalegre y presentó su gira Miss Possessive Tour con un concierto directo, sólido y muy bien ejecutado. En algo más de hora y media, dejó claro quién manda y por qué su nombre suena cada vez más fuerte en el pop actual.
Quedó claro desde el principio que esto no era una repetición del Think Later Tour: fue un glow up en toda regla a nivel de sonido, escenografía y presencia escénica. La noche giró en torno a su último disco, So Close To What, pero también incluyó temas anteriores que han marcado su carrera.
Miss Possessive: así se impone una diva
El show comenzó con Miss Possessive, la canción que da nombre a la gira. Y no podía haber sido otra, Más que un título, una declaración de intenciones: exigir atención total, amor absoluto, entregarse sin medida. Con visuales que la mostraban en una sala de vigilancia observando a sus fans, entre luces hipnóticas y rodeada de bailarines, apareció su silueta. El grito fue unánime. Lo que vino después, 21 canciones que hicieron temblar el recinto.
A partir de ahí, no bajó el ritmo. Interpretó canciones como guilty conscience, 2 hands y purple lace bra, todas con mucha sensualidad y magnetismo. Las coreografías eran precisas y potentes, y aprovechó al máximo la pasarela central con plataformas que subían y bajaban.
Que Tate McRae domina el baile no era ninguna sorpresa: su formación como bailarina y la precisión de sus coreografías ya lo habían dejado claro desde el inicio del show. Pero uno de los momentos más llamativos llegó cuando se atrevió con un número de pole dance justo antes de interpretar uh oh.

Flashbacks, baladas y conexión
Tras esa primera parte tan intensa, el concierto cambió de tono. En las pantallas se mostraban imágenes de Tate de niña y adolescente, como si fuese un flashback personal. Mientras tanto, se trasladaba a un escenario secundario que se elevaba, y desde allí interpretó temas más tranquilos y especiales.
Sonaron canciones como Greenlight, Nostalgia, that way / chaotic y you broke me first, uno de los mayores éxitos de su carrera. Fue un bloque más íntimo, sin bailarines, con menos luces y más voz. Una parte que se sintió cercana y sincera.
La calma se rompió con run for the hills, que mantuvo el tono sensual pero ya apuntaba hacia el regreso al escenario principal y a la energía con la que había empezado la noche.
Última llamada para gritar a todo volumen
La parte final del show recuperó toda la energía del principio. Volvieron los visuales, las coreografías y los hits, con exes, bloodonmyhands, she’s all i wanna be, Revolving door e It’s ok I’m ok.
Uno de los momentos clave de la noche fue durante Revolving door. Al llegar al verso “I need a minute”, se tomó literalmente un minuto entero, con un temporizador en pantalla, para parar, mirar al público y simplemente estar presente con sus fans.

Y para el acto final, Tate apostó por dos canciones que resumen muy bien su universo artístico. Primero llegó Sports car, un tema marcado por la sensualidad, que acompañó con un chair dance hipnótico, reforzando la idea de que ella tenía el control de la noche hasta el último momento.
Después llegó greedy, la canción que la catapultó a lo más alto y que ya se ha convertido en su gran himno de empoderamiento. La interpretó con su coreografía más reconocible, esa que ya forma parte de su sello personal, mientras el público coreaba cada palabra. Con la energía por las nubes, una lluvia de confeti y la emoción flotando en el aire, se acababa un show que cumplió expectativas y reafirmó que está en uno de los momentos más sólidos de su carrera.
Tate McRae puso el punto final a una noche que confirmó todo lo que ya intuíamos: está en su mejor momento, y solo va a ir a más.





