Katy Perry, tras hacerse bastante de rogar, finalmente anunció las fechas de The Lifetimes Tour en España, con paradas en Barcelona y Madrid los días 9 y 11 de noviembre, respectivamente. “Dijeron que no llegaría aquí, ¡pero aquí estoy! ¡Lo he conseguido!”, gritó anoche eufórica desde el escenario del Movistar Arena de Madrid, donde cerró su gira europea con el concierto número 83 del tour, lo que repitió orgullosa varias veces.
El mundo postapocalíptico de Katy
Y es que si alguien se lo pasó bien anoche, fue ella. Con una estética futurista y un show dividido en cinco actos, Katy narró una historia sobre un hipotético fin del mundo en el que ella, mitad humana, mitad robot, lucha contra una IA llamada Mainframe. En unas pantallas fragmentadas la vemos enfrentarse a enemigos en un universo que parece sacado de un videojuego retro, lleno de caos visual y de ironía sobre la tecnología.
El primer acto, Artificial, arrancó con la canción que da título al show: Katy suspendida en una plataforma, enfundada en un traje metálico brillante. Desde ahí, enlazó con una potente Chained to the Rhythm y la siempre efectiva Dark Horse, confirmando que el espectáculo iba a dar que hablar.

Aunque la gira presenta su último álbum, 143, el disco que ha recibido las peores críticas de toda su discografía por su sobreproducción y por su colaboración con Dr. Luke, en el directo hubo momentos brillantes. I’M HIS, HE’S MINE, junto a Doechii, o la divertida CRUSH funcionaron muy bien en directo. Pero, seamos sinceros: el público quería hits, y Katy los dio, aunque algunos en formato exprés. California Gurls, Teenage Dream o Last Friday Night pasaron fugazmente, recortadas y algo diluidas entre tanta plataforma y parafernalia. Un desperdicio para tres de los mayores himnos pop de su carrera.
En cambio, I Kissed a Girl, dedicada a los clubs gays de Madrid, y la futurista E.T. destacaron por su energía y su despliegue físico. A sus 41 años, Katy sigue siendo pura teatralidad: hace una especie de pilates cómico mientras canta, lucha con una espada láser y corre por el escenario como si el cardio fuera parte del guion. El público, entre sorprendido y fascinado, no sabía si aplaudir o simplemente quedarse mirando boquiabierto, entre carcajadas.
Cringe, pizza y fans enloquecidos
Katy Perry es un personaje único. Ella da un poco de vergüenza ajena, pero en el mejor sentido posible: es la personificación del cringe pop. Y ahí está precisamente su encanto. Pocos conciertos pueden ser tan absurdamente divertidos como este, y el momento en el que sacó a varios fans al escenario lo demostró. Durante unos veinte minutos, que se hicieron un poco largos, todo hay que decirlo, la artista invitó a seis fans a acompañarla. Algunos iban más caracterizados que otros, pero todos estaban alucinando con estar allí con ella. Mientras tanto, Katy decidió pedir una pizza al puesto de Papa John’s, más concretamente de pepperoni, y repartirla entre ellos, y con el público. Lo hizo, claro, a su manera: tirando los trozos con una mezcla de comedia y desentendimiento muy al estilo Katy.
Entre los fans, Ricky, disfrazado de la Katy de Teenage Dream, venía de Reino Unido y recibió algunos abucheos, hasta que aclaró que vivía en España y soltó un “¡Viva España! Ahí cambió todo. Otro chico pidió que no le abuchearan al decir que venía de París: su abuelo había fallecido dos días antes. Una niña de apenas doce años se llevó unos abrazos que difícilmente olvidará, y otro fan, llegado desde las Islas Canarias, contó que cuando compró su entrada había manifestado que estaría en el escenario con ella. Dicho y hecho: aprovechó para llamar a su madre y demostrarle que se había cumplido su deseo. Mientras ella no cogía el teléfono, Katy, muy divertida, hacía muecas de impaciencia que hicieron reír a todo el público. Esa madre probablemente no entendió ni una palabra de lo que decía Katy Perry, pero seguro que se alegró igual por su hijo.
Otro momento tan divertido como caótico fue cuando Katy intentó que el público votara desde sus móviles a través de un QR en pantalla la siguiente canción del repertorio, pero la web colapsó. “¿No tenéis wifi?”, preguntó entre risas. Al final, el aplausómetro decidió. Propuso By the Grace of God, aunque no fue precisamente la favorita del público. Unconditionally, que era otra de las opciones, inexplicablemente, se quedó fuera. Aun así, el momento fue tan caótico como entrañable, y eso también es parte del encanto del show. El fallo fue lo de menos: la ocurrencia resultó muy divertida. Al final, cantó las que ella quiso: By the Grace of God, en la que agradeció a Dios por seguir sobre los escenarios, y la sentimental The One That Got Away.
Circo, acrobacias y momentos íntimos
La producción, eso sí, fue de otro planeta: una mariposa gigante en la que volaba, acrobacias al estilo Spiderwoman colgada de una esfera metálica, un escenario en forma de infinito y una puesta en escena que solo una superestrella del pop podría costear.
También hubo altibajos. Katy Perry sabe montar circos sobre el escenario y ser la más graciosa y delirante, pero entre tanto adorno su voz a veces quedaba en un claro segundo plano. Cantó sobre pistas vocales o, directamente, ni eso, como en la decepcionante Roar sobre la mariposa, en la que apenas cantó, cortó el puente, uno de los más míticos de su discografía, y en la que le sobraba el móvil en la mano grabándose. Wide Awake fue otra de las que menos llamaron la atención, ya que la subió de tempo y la presentó con un sonido más electrónico que no terminaba de funcionar.
También aprovechó para presentar su nueva canción, bandaids, la primera dedicada a su relación pasada con Orlando Bloom, en la que sí se lució más vocalmente, ya que era solo ella con la banda, sin adornos ni artificios. Fue un momento más íntimo que destacó dentro del despliegue masivo del concierto.
En resumen, Katy Perry no siempre brilla vocalmente, pero sí sabe cómo montar un espectáculo inolvidable. Su concierto fue un carnaval futurista, un caos divertido y un recordatorio de por qué seguimos queriéndola después de tantos años. Porque al final, ir a ver a Katy Perry no es solo escuchar canciones: es pasarlo bien, cantar con tus colegas los temas que te han acompañado media vida y alucinar con un despliegue visual a la altura de una auténtica leyenda pop. Y en eso, Katy, te llevas un 10 rotundo.






